Estas últimas semanas están siendo todo un alboroto… y es que no me puedo sentir más feliz de las cositas que están saliendo y del cariño con el que acogéis cada propuesta que presento.
Esta semana ha sido intensa, me gusta que las cosas estén a tiempo y llevar los pedidos al día, y entre bolas, letras, mensajes, llamadas, exámenes de Alba en el cole y las diferentes academias, un cumpleaños, una boda y muchas cositas de cara al próximo año… ¡¡me encontraba cansada, pero contenta!!
Ayer tenía controlado, casi al minuto, lo que tenía que hacer. Controlar los tiempos es necesario para saber hasta dónde vas a poder llegar con los pedidos, la casa y las diferentes cosas de la vida cotidiana y me da seguridad para no andar luego con agobios. Reconozco que este equipo no lo formo yo sola, pues, tengo repartidas las tareas entre algunas manos y mentes que me ayudan a tirar del carro y eso no tiene precio… Porque el resultado final de cada uno de los pedidos que se entregan llevan incluida la motivación y las energías de muchos.
Y a mitad de la tarde me encontraba en casa de mi madre, donde no subía desde hace ya tiempo, porque justo es eso lo que muchas veces me falta, o quizás lo que falta es reestructurar el horario porque desde luego… hay cosas que con el tiempo se van acabando y el tiempo con ella, muy a mi pesar es algo que se acabará… pero Dios quiera que muy muy tarde…
La miraba mientras me tomaba con ella un piquislabis de esos que a mi me encantan. Hablábamos de la vida, de las cosas que nos están rodeando, de los tiempos de hoy, de la importancia de vivir el ahora sin dramatismos, de acoger la vida como viene y es que ella ha tenido una vida tan intensa en todos los aspectos que no podía más que sentir admiración por cómo afronta cada una de las cosas que nos vienen. Y retomo una frase que leí ayer justo en la mañana y creo que es donde reside la magia de todo: «Cada día tiene su afán…» y qué cierto es. Hoy vivimos esto, mañana… ni siquiera sabemos lo que vamos a vivir y es por eso la importancia de disfrutar y aprovechar el tiempo, tiempo de calidad, como el que viví ayer con ella, como el que dedicamos a la llamada de un amigo, como el que pasamos con la familia sin ningún motivo… tiempo como el que de pie en la cocina pasamos hablando con nuestra pareja, tiempo como el de cuando comemos al medio día y nos preguntamos qué tal ha ido la mañana, tiempo como el que dedico a cada uno de vosotros cuando os veo en estados celebrando o pasando por un momento complicado, tiempo como el que pasé ayer con mi madre…
Y entre charla y charla sus manos fueron dando forma a unos manteles que había comprado hace ya unos meses y aún no había subido para explicarle cómo quería que fuesen cortados. La miraba ilusionada, con energía, y con sus 84 sacó su remalladora, sus bobinas y tijeras y empezó a cortar de aquí y de allá para obtener un resultado más que profesional. Y miraba sus manos, arrugadas por los años, y observaba cómo quería hacerlo perfecto y yo insistiendo en que así estaba bien… y es que no hay nada más mágico que darse cuenta de que tienes ante tus ojos el mayor ejemplo que la vida te puede presentar y que como hablábamos… somos el resultado de lo que hemos vivido y esa fuerza y energía no es más que la que la vida le puso tantas veces en juego.
Así es que, nos bajamos a casa cerca de las 11, con cosas que no había hecho porque tenía pensado bajar antes, pero no me importó, anoche me acosté a la 1 para que lo que tenía que entregar hoy estuviera a tiempo y me siento agradecida por todo.
Cuando aprendamos a valorar el tiempo….





















































































